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domingo, 11 de octubre de 2009

El imperio se derrumbará; Obama, un fracaso, dice el escritor

EU sufrirá un colapso militar en Afganistán, vaticina Gore Vidal

Johann Hari
The Independent/I
A los 84 años de edad, el escritor y activista está confinado a una silla de ruedas, pero su rabia –contra su país, sus líderes y sus ciudadanos– arde con el furor de siempre.

En ruso, la frase gore vidal significa “ha visto penas”. Al observar cómo acercan a Gore Vidal en silla de ruedas al lugar donde lo espero, en el vacío vestíbulo de un hotel de Londres, por primera vez me parece una traducción apropiada. En los ocho años transcurridos desde que lo vi por última vez, perdió a quien fue su pareja durante 50 años, a la mayoría de sus amigos y enemigos, y el uso de las piernas. El hombre que encontré en esa ocasión –irradiando brillantez, derramando sarcasmos como confetis– ha perdido vigor. Su piel se ha apergaminado, pero los famosos pómulos conservan su dureza. “Hace frío aquí –dice, a modo de introducción–. Mucho pinche frío.”

Gore Vidal no sólo se lamenta por la muerte de quienes lo rodeaban y por su decaimiento, sino por su patria. A los 83 años, ha vivido la tercera parte de la existencia de Estados Unidos. Si alguien encarna el siglo estadunidense que terminó, es él. Fue el más grande ensayista de su país, uno de los novelistas de mayor éxito y el alma de todas las fiestas. Vacacionó con los Kennedy, recorrió las calles en busca de galanes con Tennessee Williams, Eleanor Roosevelt lo instó a postularse para el Congreso, fue coguionista de algunos de los filmes más icónicos de Hollywood, condenó la política exterior de su país, demandó a Truman Capote, fue felado por Jack Kerouac, observó a su primo Al Gore ser electo presidente y perder de todos modos la Casa Blanca y –como extraño final– fue amigo y defensor del autor de los bombazos de Oklahoma, Timothy McVeigh.

Y sin embargo ahora, dice, está claro que el experimento estadunidense ha sido “un fracaso”. Fue todo para nada. Pronto el país ocupará “un lugar entre Brasil y Argentina, que es el que le corresponde”. El imperio sufrirá un colapso militar en Afganistán, la nación se derrumbará en lo interno cuando Obama sea destruido “por el manicomio” y los chinos se presenten a cobrar lo que les deben. Un Estados Unidos en ruinas será entonces “la carga del hombre amarillo”, y los chinos “nos pondrán a jalar corriendo sus carritos o cualquier medio de transporte que tengan.”

Lo acercan a la barra y le sirven un escocés. “Yo estaba igual que todos cuando Obama fue electo: optimista. Todo lo que habíamos dicho de la integración racial quedaba reivindicado –dice–, pero es un incompetente. Será derrotado en la relección. Es una pena porque es el primer presidente intelectual que hemos tenido en años, pero no sabe enfrentar las cosas. No se lo propone. Está abrumado. ¿Y quién no? Estados Unidos es un manicomio. Deberían encerrarnos a todos… y ahora nos están echando afuera. Ya nada tiene sentido”. El presidente “quiere agradar a todos, y creía que para eso bastaba con hablar con la razón. Pero recuerden: el Partido Republicano no es un partido. Es un estado mental, como la Juventud Hitleriana. Está lleno de odio. No es posible subir al barco a los republicanos. No hay ni que intentarlo. La única forma de lidiar con ellos es aterrarlos. Obama es demasiado delicado para eso.”

Menea la cabeza al comparar a Obama con su viejo amigo Jack Kennedy. “Es dos veces más intelectual que Jack, pero Jack conocía el gran mundo. Recuerden que pasó mucho tiempo en la armada, perdiendo barcos. Este muchacho [Obama] jamás ha oído un arma disparada con rabia. Los generales lo toman por sorpresa, le dicen mentiras y él las cree. No ha hecho nada. Si uno se enfrenta a un gran problema de química, encontrar el gas perfecto, gasear una población, pasará mucho tiempo sin saber si funcionará: tiene que guiarse por lo que otros digan. Así es Obama. No está preparado para el primer plano y está recibiendo demasiada atención todo el tiempo.”

¿Hay esperanza? “Todos los signos que veo son de condena. Pero la gente me dice –adopta una voz chillona, nasal–: ‘ay, señor Vidal, es usted muy negativo. ¿No puede decir algo bueno de Estados Unidos? Es un país maravilloso; todos quieren vivir aquí’. ¿De veras? ¿Cuándo fue la última vez que vio a un noruego con su tarjeta verde que quisiera venir aquí atraído por la atención a la salud? Le pago si encuentra uno.”

Pero –agrega, animándose de pronto–, hay “una buena noticia. Afganistán será el fin del imperio estadunidense, sí. Es una manera alegre de verlo. Pronto dejaremos de jugar al imperio. Pero ya es demasiado tarde para el país y para la Constitución”. Alza la copa y sonríe con ironía. “Por una república mejor”, brinda, y la bebe de un trago.

I. La muerte de Estados Unidos

Vidal dice que cuando nació le predijeron que Estados Unidos moriría entre espasmos, como ocurre ahora, y que eso sólo se puede entender remontándose a ese tiempo. Su misión ha sido explicar el pasado a “Estados Unidos de Amnesia”, mediante sus novelas y ensayos. Cuando habla, recorre dos milenios de historia –de Julio César a Obama– como si estuviera allí, salpicando sarcasmos desde una fila trasera. Hoy se ha detenido en Filadelfia, en el nacimiento de la república. “Benjamin Franklin vio venir todo esto –afirma–. Lo cito porque la mayoría de los estadunidenses de ahora ni siquiera saben quién era. Tendrá que explicarles a sus lectores.” Fue escritor, científico y soldado y uno de los “padres fundadores” de Estados Unidos. “En Filadelfia, en 1781, cuando se redactaba la Constitución, fungió como observador. No quería tomar parte, y cuando salió del Salón de la Constitución en Filadelfia unas ancianas le preguntaron: ‘Ay, señor Franklin, ¿qué va a pasar ahora?’ Él les contestó: ‘Bueno, tendrán una república, si pueden conservarla. Pero todas las constituciones como ésta han fallado desde el principio de los tiempos, por causa de la corrupción de la gente’.”

–Entonces, ¿los estadunidenses son corruptos? ¿No eran lo bastante buenos para la nación?

–Precisamente. Sólo eran buenos para ser una potencia colonial insubordinada o las heces de una.
La vida política de Vidal empezó allí… casi. Nació en la Academia Militar de West Point, en el seno de una familia pudiente de la cúspide del poderío estadunidense. Su abuelo fue Thomas Pryor Gore, senador por Oklahoma. El político era ciego, así que desde que tenía cinco años Gore le leía cartas y libros y lo guiaba discretamente por las reuniones de Washington DC. El senador era un populista que pugnaba por azuzar a la gente contra el poder concentrado de Wall Street y los grandes banqueros. Representaba a los algodoneros, que perdieron en la guerra civil sólo para ser aniquilados por los financieros de Wall Street que jugaban a la ruleta con el precio global del algodón. Sin embargo, siempre hubo una contradicción en su vida: “Mi abuelo no soportaba a los ciudadanos de su estado. Y ellos lo adoraban por eso. A ver, explíquese eso”.

Un populista que no tenía fe en el populacho… lo que su nieto llegaría a ser. Gore Vidal comparte la creencia populista de que la gente es maltratada por los ricos, pero le parece que la población es tan cretina y está tan drogada por la televisión y la comida rápida que no se percata de ello. “Siempre hay que tener la esperanza de que de algún modo misterioso se llegue a educar a la gente. Bueno, ése es el vínculo. Pero la gente no sabe nada. Cuando nos volvimos un imperio, dejamos de ensenar geografía en las escuelas para que nadie supiera dónde quedaba ninguna parte. No es culpa de las personas: las han pervertido con formas imperiales de pensar para que sean trabajadores dóciles y fieles consumidores. Ése era el sueño y se ha vuelto realidad.”

De niño, a Vidal le encantaba pasar tiempo con su abuelo el senador; una de las principales razones es porque así podía escapar un tiempo de su madre alcohólica, Nina. Cuando le menciono el tema adopta de nuevo el quejido nasal de un entrevistador imaginario y dice: “Ay, señor Vidal, su pobre madre no debió de ser tan mala como usted dice [en sus memorias].’ No, era mucho peor. No me meto con las mamás de otros, pero la mía tenía mucho que atacar.”

Nina estaba ebria constantemente, y cuando no estaba agrediéndolo o amenazando con suicidarse le contaba sórdidos detalles de su vida en una obsesiva y furiosa perorata. Cuando él tenía 10 años “me contó que el coraje le causaba orgasmos. No le pregunté si le pasaba lo mismo con el sexo”. Cuando Gore apareció en la portada de Time, años después, ella escribió una larga carta a la revista para desacreditarlo. La revista la publicó con el título: “Amor de madre”. Vidal parece haber heredado de ella su sardónica amargura. Cuando le preguntaron a Nina por qué no se había casado por cuarta vez, respondió: “Mi primer marido tenía tres bolas, el segundo dos y el tercero una. Hasta yo sé cuándo es mejor no presionar a la suerte”.

¿Piensa Vidal en ella a menudo? “No”, responde, con mirada de hielo. Después de todos estos años, ¿llega a sentir alguna compasión por ella? “No.” El hielo se vuelve un glaciar. ¿Al menos cree que ella formó su personalidad? El crítico teatral Kenneth Tynan, viejo amigo de Gore, escribió en su diario: “Qué soberbia e impenetrable armadura lleva puesta, como corresponde a alguien cuya vida es una batalla permanente por la supremacía (social e intelectual)… Gore jamás podría rendirse (es decir, exponerse) ante nadie”. ¿Acaso la crueldad de su madre explica que a lo largo de su vida haya echado de su lado cuanto lo ha rodeado, sus constantes pinchazos? Tan pronto pregunto esto me doy cuenta de cuánto ha cambiado Vidal desde la última vez que lo vi. En ese tiempo habría respondido con una desdeñosa ironía, o reafirmado su supremacía con una cita en griego clásico. Ahora parece un poco herido –sus ojos brillan con tristeza– y responde: “Bueno… es lo último que me gustaría creer”. Y queda en silencio. De pronto me siento majadero y cruel.

Su abuelo se enfurecía de que Franklin Roosevelt arrastrara al país a una guerra innecesaria –así la consideraba– contra Alemania y Japón. Se oponía a todas las guerras contra potencias extranjeras, pues en su concepto eran promovidas por las grandes empresas para servir a sus intereses. “Creía que ninguna guerra en el extranjero valía la vida de un estadunidense”, recuerda Vidal, con orgullo. Pero por esa razón –y por su oposición al Nuevo Trato– perdió su escaño en el Senado. Como un pequeño acto de venganza, Vidal dice que nunca ha puesto el pie en Oklahoma.

Se alistó en el ejército a los 17 años, feliz de escapar de su madre. Pasó la guerra asignado en Italia y, tres años en Alaska. No le sorprende que ese “infierno helado” haya producido a Sarah Palin, “el ídolo más reciente en el largo culto estadunidense a la estupidez”. Alaska fue “el lugar adonde todos los rufianes del país se fueron a esconder. Y ellos produjeron a Palin”.

Hoy se da cuenta, agrega, de que fue parte de un ejército enviado a construir un imperio global por el “César Augusto de Estados Unidos, Roosevelt”. El viejo Estados Unidos fue remplazado por un pulpo militar con un brazo de metal en cada continente, y en lugar de la vieja Constitución se instaló un “Estado de seguridad nacional. No me hubiera alistado si hubiera sabido adónde nos llevaría –señala–. Pero allí estaba: terminamos la guerra como un imperio y azotamos la puerta. Y luego jodimos todo”.

Salió del ejército sin un centavo. “Mi padre y mi abuelo, como hombres que crecieron por esfuerzo propio, no iban a hacerme la vida. Yo lo sabía”, relata. Así pues, se sentó a escribir una novela sobre la guerra, titulada Williwaw. A la edad de 20 años se halló convertido de pronto en un ácido escritor realista de gran éxito. Se le encomió como un soldado valiente, y su abuelo habló de sentarlo en el Congreso, pero él quería escribir una novela más audaz, basada en la única persona que había amado. Esa novela acabó con cualquier esperanza de una carrera política para él, pero lo convirtió en figura decisiva en la vida estadunidense.

Traducción: Jorge Anaya

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